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viernes, 15 de abril de 2022

Cristo murió por ti. Viernes Santo

Aquel Viernes Santo, de Pascua judía, a las 9:00 a.m., se levantó la Cruz en que murió el Señor. Quedaba contestada la primera parte de la pregunta de Pilato: “¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?” (Mt. 27: 22). Las multitudes judías, a cuya cabeza se colocó Caifás, Sumo Sacerdote de Israel, tomaron en lo humano la decisión. Con el conocimiento anticipado de todo, Jesús dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Jn. 10: 17, 18). Él decidió morir.

La segunda parte de la pregunta del oscuro gobernador romano de Judea tiene que ver con el eco que deja en la historia a todos los hombres aquel “¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?”.

¿Qué harás tú de Jesús, llamado el Cristo? No hay atajos en la confrontación a que nos aboca la pregunta que nos hace la Cruz. No hay subterfugios ni reductos esquivos que permitan a alguien vivir como le parece y volver una y otra vez las espaldas al llamado de salvación y vida eterna que hace aquella Cruz, en torno a la cual perdura la pregunta.

A las 3:00 p.m., de aquel Viernes Santo el cielo se oscureció por completo, las rocas se partieron, los sepulcros de muchos se abrieron, y el velo del Gran Templo se partió en dos, de arriba abajo. Jesús murió por los pecados de todos los hombres: “Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (II Co. 5: 15).

La respuesta a ese amor determina la diferencia entre cielo e infierno. Aceptas a Cristo como Salvador personal, naces de nuevo por la Obra de regeneración del Espíritu Santo, y te espera la vida eterna en la compañía de todos los que lo hicieron antes y después de ti. Es el destino celestial de los que abrazaron esa Cruz por la fe, el de los que no tuvieron por vana aquella sangre que se derramó en favor de todos los hombres. Te esperan el cielo, “la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial”, “la compañía de muchos millares de ángeles”, “la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos”, “Dios el Juez de todos”, “los espíritus de los justos hechos perfectos”, “Jesús el Mediador del nuevo pacto”. Allí estarás por el valor de “la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He. 12: 22-24).

Rechazas a Cristo como Salvador personal, te sientes demasiado inteligente y seguro para hacer algo así; vives a tu gusto, perdidamente, en la complacencia de tus orgías y borracheras, aplaudiendo todo lo antibíblico que propone este mundo desenfrenado, al cual esperas complacer, en la imitación de otros que te parecen más competentes y dignos de imitar que aquellos que abrazaron la fe; te espera entonces el infierno, donde el “fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga” (Mr. 9: 43. 44). Allí sufrirás pena de eterna destrucción y tormento para siempre.

Cielo o infierno. Solo tú lo puedes decidir. No juegues más con la salvación eterna: “ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (I Co. 6: 9, 10). “¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” (He. 10: 29). 

 

Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.

 

“¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (He. 10: 31). No vayas al infierno. Abraza con fe la Cruz.

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4: 12).



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