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lunes, 29 de noviembre de 2021

Triste tiempo en que la gente ya no canta

Cantar, se supone que este fuera el tiempo en que más lo hicieran. Lejanos están los días del viejo radio; solía ser único, y debía oírse por turnos en el hogar. Cómo olvidar la imagen de la vitrola en los lugares de reunión, con sus discos de pasta, rayados ya, a fuerza de repetirse la misma canción. Pese a aquellas lejanas restricciones, la gente cantaba. Era posible saber cuándo el vecino llegaba. Se rompía el silencio comunitario con una canción, muchas veces llena de nostalgia. Al bañarse la gente también lo hacía. Las madres cantaban al arropar la cama, y las tiernas canciones de cuna mecían la tarde, trayendo el sueño a los pequeños. Los desafinados no se daban por vencido: ellos silbaban tonadas por los pasillos.

Ya la gente no silba. Ya la gente no canta.

Es la gran paradoja de nuestro tiempo: cada día somos más los que oímos cantar, y menos los que cantamos. No debía de ser, a tenor del revuelto oleaje tecnológico en que vivimos: dispositivos de CD, MP3, MP4, reproductores bluetooth, laptops y televisores smart. Crecieron inusitadamente los medios por los que oímos cantar. A la par, nosotros, cantamos menos. Algunos ya no lo hacemos…

La propia Iglesia cambió. Era literal aquel “Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra” (Sal. 100: 1). Cantaban todos. Los dirigía cualquiera que entonara un poco. Llegaron los «grupos de alabanza». Desde entonces ellos son los que cantan, son los que saben. Y la grey…, la grey ya no canta.

Extraños días con hondos silencios de alma. Ya no sé si mi vecino está en casa.

Triste tiempo en que la gente ya no canta.