A la caída del sol de este viernes 11 de septiembre de 2026, comenzó el Año civil judío. Sus diez primeros días, que comienzan con Rosh Hashaná y culminan en Yom Kipur, son como un puente tendido entre el año que se marcha y el año que nace. Son llamados los Diez Días de Arrepentimiento (Aseret Yemei Teshuvá), un tiempo en que la vida parece detenerse un instante para que el ser humano pueda mirar hacia atrás sin engaños y hacia adelante con esperanza. No son simplemente diez fechas del calendario: son diez amaneceres concedidos para volver el corazón hacia Dios, para reconocer las propias faltas, reparar lo que sea posible y comenzar de nuevo.
Rosh Hashaná abre este tiempo con el sonido solemne del shofar, cuya voz antigua parece atravesar los siglos y despertar al alma de su sueño. Durante esos días, la tradición judía invita a la teshuvá —el retorno, el arrepentimiento y la vuelta a Dios—, a la oración y a la reconciliación con el prójimo. Es una hermosa concepción del tiempo: el año nuevo no comienza solamente cambiando una cifra en el calendario, sino cambiando la dirección del corazón. Entre Rosh Hashaná y Yom Kipur se extiende, simbólicamente, un espacio sagrado en el que el ser humano puede decir: «Lo que hice no tiene por qué ser todo lo que seré».
Y finalmente llega Yom Kipur, el Día de la Expiación, como la culminación de esos diez días. Después del estrépito del mundo queda el silencio; después de mirar las obras, queda mirar el alma. Es un tiempo de ayuno, oración, confesión y búsqueda del perdón, pero también de esperanza, la esperanza de que un nuevo año pueda comenzar con el corazón más limpio, las relaciones restauradas y la vida reconciliada con Dios.
Así, los diez primeros días del año judío pueden contemplarse como diez escalones hacia la renovación: diez oportunidades para dejar atrás una parte de lo que fuimos y entrar, humildemente, en lo que todavía podemos llegar a ser.