El Premio Nobel de Literatura de 1922, Jacinto Benavente, escribió: «Es tan fea la envidia que siempre anda por el mundo disfrazada, y nunca más odiosa que cuando pretende disfrazarse de justicia» (1).
Parafraseando al célebre escritor español se puede decir que «viaja disfrazada la envidia...» y según el contexto, adopta los más diversos ropajes. Entre políticos asume el atuendo de los cuestionamientos a las estrategias económicas y decisiones de Estado. Entre médicos, se cubre de falsos intereses por la certeza diagnóstica. Los abogados apelan al ropaje de la probidad que afirman no ver cubriendo los modus operandi de sus adversarios. En los púlpitos asume la forma de la defensa a la pureza doctrinal.
Los hijos de Jacob se vistieron con las ropas del «trato injusto de Jacob y la preferencia desequilibrada entre hermanos» y redujeron a la esclavitud al precioso hijo de Raquel: «Los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto; pero Dios estaba con él» (Hch. 7:9).
Una vez más la envidia viajó disfrazada y el Señor Jesús la sufrió en grado incomparable. Los judíos que le rechazaron, el Sanedrín y el Sumo Sacerdote de Israel se cubrieron con «fidelidad al César», a quien odiaban como a nadie en este mundo. Y Pilato lo supo: «Porque sabía que por envidia le habían entregado» (Mt. 27: 18).
Es la envidia, siempre la envidia. Llena la tierra. Está en sus más escondidos rincones, y a veces es largo el tiempo que pasa antes de que pueda reconocerse. Ya sabes la razón: viaja disfrazada.
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(1) Jacinto Benavente. Antología. Lo español y los españoles, ed. Editor: Juan Emilio Aragonés (Madrid: Editorial Doncel, 1966), 82.