Las estrellas, rutilantes suspensas de la noche, qué bien definida tienen su misión. Ellas cumplen sin dobleces el propósito central que Dios les dio el día de la creación.
El sentido de cada una no está en un orbitar inacabable que circunde galaxias donde no nacieron.
No existen para colisionar planetas, ni desprender de sí radios nocivos.
No son lágrimas de dioses cansados, ni cenizas de un incendio antiguo.
Astrólogos, científicos del desatino: sepan que ellas no definen destinos a capricho, como tahúres celestes; ni deciden quién ama o a quién toca naufragar. Su misión es brillar para que la noche no sea el miedo, ni el vacío se sienta dueño del espacio.
Las estrellas existen para tu paz, y para que el universo nunca olvide cómo decir: «Silencio».
Hablan a tu alma cada noche ¡cada noche! y te dicen: «En la más densa oscuridad, en la más acabada soledad, en el desarraigo, el destierro y la lejanía es posible brillar».
En tus más profundas tristezas brilla con el brillo de Cristo, Aquel que dijo de sí: «Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana» (Ap. 21:6). El brillo de esa estrella tiene un significado único: anuncia el fin de la noche.
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