En algún lugar leí que, al abrir y leer un libro, hago sonreír al árbol de donde nacieron sus páginas. Rehecho su destino, el madero talado se mueve entre dos pensamientos: aquel que supone que no todo terminó la mañana en que vio cercenar su tronco, y otro que le alegra aún más y es el de saber que hay vida después de la muerte.
No muere el árbol que se hace libro. Echa nuevas raíces en las bibliotecas, y las palabras que se escriben en los textos viven para siempre en las almas de los que leen, de generación en generación.
Árbol, libro, palabra, alma... Qué camino a la eternidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Su comentario a este artículo se recibe con respeto y gratitud.