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viernes, 23 de enero de 2026

Deja que los muertos entierren a sus muertos

Ocurrió camino a Jerusalén. La ubicación geográfica e histórica está definida en el inicio de ese pasaje, en Lucas 9: 51, donde se lee: «Cuando se cumplió el tiempo en que Él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén». La escala programada en Samaria no se pudo cumplir; allí no quisieron recibirle. Como puede ver, usted no es el primero al que no abren la puerta; le precedió el Señor. Rumbo al corazón histórico y espiritual de Israel, en Sion, varias personas se acercan a Jesús con resueltas intenciones de seguirle. Uno de ellos, quiso imponer una condición. Así le dijo: «Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre» (Lc. 9: 59). No significaba que aquel padre ya hubiese muerto. Las ceremonias que precedían a la sepultura en la cultura israelí eran rápidas. No tendría sentido que aquel hijo anduviese en los caminos, al encuentro del Señor, si su padre ya hubiese muerto. La respuesta de Jesús es el centro de esta referencia histórica y encierra una percepción profunda de la urgencia del Evangelio. «Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios» (v. 60).

¿De cuántos modos tales palabras pueden traerse a nuestras vidas? ¡Cuántas esperas nos llaman a posponer el compromiso total del Evangelio! Trabajos, estudios, vínculos familiares, fraternales o sociales; o la mera percepción de insuficiencia que nos acompaña siempre. Tales cosas son «muertos» que dilatan el tiempo de hacer algo que tiene la urgencia mayor: la decisión inmediata por Cristo y el anuncio del Reino de Dios.

Ayer dediqué más tiempo de lo habitual al análisis politológico del hemisferio. Ya tarde, no lejos de casa oí profundo en el Espíritu esas palabras: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios» (v. 60b).


 




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