A ese crimen, que es la guerra, lo llamaron «patriotismo».
Al robo de estado, «expropiación».
A la agresión imperialista, «operación especial».
A la injerencia, «solidaridad».
Al holocausto judío, «solución final».
Al que piensa diferente, «enemigo de clase».
A la abominable depravación homosexual, «orgullo gay».
Al asesinato del paciente terminal, «eutanasia».
Al odio criminal al enfermo congénito, «eugenesia».
Ellos redefinieron la verdad y la transparencia, como eventos «políticamente incorrectos».
A la Iglesia, luz de este mundo (Mt. 5:14) y sal de esta tierra (Mt. 5:13) llamaron «instrumento de coacción ideológica». Su carácter de institución lo redefinieron como mera «asociación».
A la necedad del ateísmo llamaron «filosofía».
Ellos abrieron el camino para el «orgullo» de los ladrones, pederastas, desvergonzados y mentirosos de toda la tierra. E hicieron alianza con los que compartían el mismo «orgullo».
Así dijo el profeta, en la Voz del Altísimo: «...Somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento» (Is. 64:6).
Orgullo, orgullo, orgullo, donde debió escribirse: «vergüenza, vergüenza, vergüenza».
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