Quizá no haya acto más revolucionario que el de escribir. Es un sentido existencial el que escribe es uno que está en disenso con la realidad; no le gusta el mundo en que vive, rechaza sus inercias; los reptantes cursos de los sicofantes, escaladores de oficio, le causan repulsa profunda.
Los escritores allanaron montañas y llamaron la atención a cumbres ignotas, dignas de escalar. Más que descubrir una tierra lejana, inspiraron su conquista. No dictaron el rumbo de la batalla, pero fueron la gallardía del adalid. Cuesta trabajo creerlo, pero el rústico general Antonio Maceo, entre acometidas campales y cargas al machete, gustaba reclinarse en su hamaca, para oír de un ayudante cercano la lectura de los poemas de Bécquer.
El que escribe es un inadaptado que, en tan duro oficio, reconfigura el mundo. Difícil tarea la de cambiar las cosas. Parecería ser el ejercicio de un alucinado, pero qué caminos se abrieron desde los libros; ellos enrumbaron la consciencia moral, el sentido de la identidad y la libertad interior. Homero enseñó a mirar el heroísmo; Cervantes, a dudar del héroe; Kafka reveló el absurdo del poder.
Las reformas importantes que reverdecieron el andar humano nacieron de libros. La incomparable Biblia partió en dos la historia y el mundo ya no fue igual.
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