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| Estado en que quedaron el piano, las sillas y los bancos. Observe el ventilador del púlpito en el suelo y las pergas de cerveza lanzadas por doquier. |
CONTEXTO DEL ATAQUE
En febrero de 1988 en ocasión de celebrarse la semana nacional de los jóvenes, la dirección de la Iglesia central de Santiago de Cuba, en la isla caribeña, invita al evangelista Rafael Mendoza Lorenzo. No estaba prevista una actividad de envergadura, pero la reacción espiritual devino en conversiones masivas y sanidades abundantes, que incluyeron numerosos empastes dentales. La Iglesia se desbordó y la actividad juvenil devino en una explosiva y masiva campaña evangélica. Desde muy temprano en la mañana la gente hacía largas filas para poder entrar. Contra lo acostumbrado tuvieron que ser abiertas las puertas laterales a fin de que, los que no tenían acceso al local, pudieran al menos oír.
Pronto el escepticismo comunitario llevó al envío de estomatólogos, con la misión no de atender a tantas personas necesitadas de asistencia, sino de revisar la boca de los que testificaban con el propósito de desmentirlos. Culminada la semana Rafael Mendoza se marchó, pero aquel despertar continuó y el templo siguió llenándose de una multitud ávida de ministración. El pastor local era el Rev. Manuel González Dotres.
El domingo 13 de marzo de 1988, ya desde la mañana se notaban actividades en los exteriores del templo. Las autoridades levantaron quioscos y pusieron a la venta bebidas alcohólicas frente a las entradas del Templo. Bocinas grandes con música estridente ensordecieron la cuadra. Se añadieron en las calles juegos mecánicos con el propósito de atraer niños y adolescentes. Ya en la tarde-noche estando el templo lleno irrumpió, en programada estampida, un grupo de personas con banderas cubanas, gritando consignas que mezclaron con palabras obscenas y blasfemias. Toda una muchedumbre supuestamente ebria, incontrolable, subió al altar. Rompieron sillas, muebles en general, golpearon y destruyeron el audio, atacaron a las personas y en un singular ejercicio de pseudopatriotismo durante treinta minutos protagonizaron una actividad terrorista, en todo el sentido de la palabra.
El gobierno informó en los días siguientes a los Revs. Humberto Martínez Sabó, superintendente nacional, y a Manuel González Dotres, en su carácter de pastor local, que aquel comportamiento se debía al pueblo que, espontáneamente e indignado desaprobaba aquella actividad.
DECLARACIONES OFICIALES DEL EVANGELISTA RAFAEL MENDOZA
En primer lugar, para nadie es un secreto que en el medio donde vivimos treinta personas no se pueden confabular para hacer algo sin que los organismos de la sociedad lo sepan previamente. El que pretenda que le crean eso es aún más ingenuo que el que lo cree. Por cada cinco o diez personas hay en Cuba un canal de información que fluye. Eso lo sabe todo cubano. Al Templo de Santiago de Cuba entraron más de cuarenta o cincuenta personas, con mucha autoridad, conscientes de que toda la destrucción que hacían estaba respaldada por una autoridad superior.
En segundo lugar, estos hechos duraron un buen tiempo. En toda esa hora no hubo intervención de las fuerzas del orden, en una Iglesia que tiene una ubicación céntrica, no estamos hablando de Majayara, ubicada en una meseta, a setecientos metros de la casa más cercana, estamos hablando del Templo Central de una ciudad que es la segunda capital de Cuba. Todo el mundo sabe que cuando se coloca una pipa de cerveza y se pone música, a ese tipo de actividad, que es obviamente peligrosa, se le da cobertura policial, abierta y encubierta. Los representantes de la autoridad estaban muy cerca observando lo que allí estaba ocurriendo.
En tercer lugar, una Iglesia no puede hacer una campaña evangélica sin que existan controles en el público de parte del gobierno que está allí presente a través de sus representantes encubiertos. La Iglesia de Santiago de Cuba estaba vigilada las veinticuatro horas durante todos aquellos días. No hay un solo argumento que permita suponer que no se sabía que aquello se iba a hacer y, mientras estaba ocurriendo, suponer que no se sabía que estaba pasando.
En cuarto lugar, las personas entraron con banderas cubanas y gritando consignas, lo que hace muy clara la identidad ideológica de aquella gente para el que todavía tenga dudas con lo que le he dicho. Lleguen ustedes a sus propias conclusiones (1).
Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios (II Ts. 2: 3, 4).
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Tomado de: Octavio Ríos. Historia de las Asambleas de Dios en Cuba. Tyler: Rios de la Cruz Books Ministries. Tomo II, pp. 578-581.

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