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jueves, 12 de febrero de 2026

No entendemos la muerte, pero que bien entendemos la ausencia

¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti (Is. 49: 15)


Los humanos no entendemos la muerte, ese desliar en el polvo de la tierra del ser inteligente al que tanto debemos, tan desbordante de iniciativas, tan lleno de vida. Estamos ante su cuerpo, en luctuosas honras, y todo se llena de confusión porque la muerte, por más que se reitere no la podemos entender. 

En penosa compensación hay otra cosa que las personas sí aprendemos a pesar en balanza, reconocer y definir, y es la ausencia. Enfermamos y pensamos en los padres, que ya no están; sus ausencias nos penetran con el más hondo significado. Enfrentamos problemas y vienen al corazón los amigos que ya partieron, esos que, con un mandoble de sus espadas, nos sacaban de las peores crisis. Cuánto llegan a extrañarse. 

Vivimos con añoranza irremediable por edificios que cayeron, árboles que no están, otoños tiernos, inviernos recogidos, sobremesas del hogar, caricias de alma que quedaron de navidades lejanas y estrellas remotas con luces que ya no brillan. Laten batallas libradas y tiempos vividos entre sueños y esperanzas. 

Familiares, vecinos, compañeros, maestros; todo gravita a una en el recuerdo, como un mar quieto cuyas lejanas olas conocimos con los que nos ayudaron a llegar a puerto.

No, los seres humanos no podemos entender la muerte, pero que bien comprendemos la ausencia. 




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