Somos nuestra memoria, / somos ese quimérico museo de formas inconstantes, / ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges. Elogio de la sombra.
Desde los bancos del Parque Finlay, en la capital habanera, todo el que descansaba podía disfrutar la vista de un anchuroso edificio levantado justo frente a él. Por años no tuvo nombre. Su identificación, de hecho, cambió en el tiempo según el uso que le dieron. Se construyó con solo dos pisos en 1860, en la calle Belascoaín, cuando La Habana, según las memorias de Alejo Carpentier, apenas llegaba hasta allí.
Pocos emplazamientos de la capital cambiarían tan dinámicamente sus funciones. Aquella obra, impresionante para su época, construida como Hotel Militar y Club de Oficiales Españoles evolucionó como Escuela de Cadetes (1874 y 1878); posteriormente sería Asilo de Viudas y Huérfanos de los oficiales españoles caídos en la guerra (1878), Estado Mayor de las Tropas Norteamericanas (1898-1902), Secretaría de Sanidad y Beneficencia (1913), Ministerio de Salubridad y Asistencia Social (1940), Ministerio de Salud Pública (1959), Escuela Secundaria Básica «William Soler» (1965) e Instituto Preuniversitario Ignacio Agramonte (1976-1982). En 1982 se decidió hacerla sede del Instituto Politécnico para el Diseño Industrial (IPDI). El 28 de mayo de 1984, se convirtió en el Instituto Superior de Diseño Industrial. En la década de 2010, pasa a llamarse Instituto Superior de Diseño; incluiría adicionalmente la carrera de Diseño de Comunicación Visual. Pocas sedes habaneras se cargaron con el tiempo de tanta historia.
Su tercer piso se construyó en la década de 1930. A lo largo de los años la estructura se vio mejorada con varios trabajos de restauración; el último tuvo lugar entre 2005 y 2007.
Se levantó imperturbable aquella mole urbana, rectangular y robusta, en la manzana que forman las calles Belascoaín, Estrella, Maloja y San Carlos. Sin contar la planta baja disponía de tres pisos y una espaciosa azotea. Desde el primer piso se abría a todo lo largo y hacia la calle Belascoain, una terraza sostenida en su base por los capiteles de más de veinte columnas. Estas últimas configuraban y limitaban un generoso portal, formidable ducto urbano en el que quedó parte de nosotros a fuerza de andar por él en años de ensueño.
Cómo se remarcó, entre 1976 y 1982 aquel histórico edificio fue la sede del Instituto Preuniversitario «Ignacio Agramonte». Acogía a los estudiantes de Centro Habana que habían egresado de secundaria básica. Allí muchos completamos la preparación de tres años que abría las puertas a la Universidad.
Bordean todavía los lados norte y este del edificio dos conocidos parques: «Carlos Marx» y «Finlay». El primero era un espacio abierto y visible a los estudiantes que tenías sus aulas de ese lado. Siempre tuvo arbustos pequeños, de puro ornamento, y cerca de una docena de empinadas palmas reales con mucha majestad, pero sin voluntad natural de cobijar bajo su escueta copa al caminante cansado. Se extiende allí todavía como un lugar soleado donde no es agradable estar. El segundo parque, Finlay, es todavía un agradable espacio arbolado de generosa sombra. Tenía un quiosco de periódicos y revistas, y un tanque compresor al fondo, para la venta de malta. Era, obviamente, el lugar en que esperábamos los estudiantes y se sentaban los ancianos vecinos del lugar.
Al presente, el edificio de lo que fuera nuestro viejo Instituto Preuniversitario se viste de ruinas. Colapsaron las aulas que se aireaban desde la calle San Carlos, y luego todo el inmueble se deterioró. Hoy, 10 de febrero de 2026, completando el siniestro, se desplomó en la madrugada el ala izquierda. Como si no sobraran hoteles vacíos en la isla, el dinero con que pudo repararse tan histórica sede lo usaron para construir la inútil Torre K con la que solo satisficieron la vanidad de un general. Con más historia que el Capitolio Nacional, otrora sede del Congreso de la República, merecía el esfuerzo económico que suponía su restauración.
Las segunda mitad del siglo XX es el recuerdo de ver, a diario, en el horario de salida, poco más allá del mediodía, a cientos de jóvenes emprendedores y muchachas bellísimas desbordadas a una desde las aulas invadiendo el portal. Era un hervidero de juventud, una catarata festiva, un sano tornado de promesas vivas.
Como un cuartel general de sueños e ilusiones, cada mañana vi salir de él a Selín Abraham; buscaba a alguien con quien fajarse. Ana Cristina Rodríguez, futura profesora en ese mismo edificio, aguardaba a la espera de un compañero de viaje de regreso a casa. Eugenio Negrete, siempre rodeado de gente, daba rienda suelta a su viva imaginación musical. Noemí Lago, se movía a velocidades supersónicas, como una ardillita traviesa. Julio Blanco, relator nato, contaba historias ocurrentes. Hivia Zayas-Bazán imponía todo el peso de sus ancestros camagüeyanos, entre los que resaltaba como tía bisabuela, Carmen Zayas-Bazán, la esposa de José Martí. Juan Carlos Freyre, programaba la próxima broma telefónica. María García Selva, mi vecinita de tantos años, con quien rodé desde Preescolar hasta el último año del Preuniversitario, salía imperturbable frente a los desafíos académicos del día. Lázaro Montalvo, desde el taller del Instituto, desarrollaba su vocación de tornero. Raisa Chávez, siempre buena, con no poca habilidad arreglaba el mundo. Jorge O´Farrill, salía enredado en cálculos matemáticos; sería ingeniero. Elina González, transparentaba un mensaje de limpieza de alma y serena alegría, y se enrumbaba en dirección a la calle Estrella. Juan F. Iglesias, regresaba a casa con la mente ocupada en cuanta arte marcial pudiera existir. Ania Pompa, se iba a preparar el hogar, siempre hospitalario, donde grupos se daban cita como casa de estudio. Armando Rada organizaba una nueva competencia de billar en el Liceo de La Habana Vieja. Onelia Cheocheok conspiraba con Leda Marshall e Ileana Gispert; esta última era la campeona del desenfado, nunca se le vio enojada. José Raúl Aparicio, se iba de regreso buscando ingente una mesa de dominó. Rosa Ruiz, preservaba en ella cada día al alma más noble y buena del Instituto. Héctor Perdigón, como líder nato, arrastraba tras de sí a los muchachos. Idalmis Castillo, dirigía al entorno su mirada perspicaz a inteligente. Fernando Ávalos, descollaba como el cómico más serio que ha existido. Lidia Cárdenas, competía en jovialidad y comunicación. En Alberto Drake regresaba a casa «el rey del humor fino». María Julia Antuña, tenía una solución para todo. Reinaldo Valdés corría a la búsqueda de su espada; tenía algo de caballero medieval: era campeón de esgrima. Mario Ruiz y Aideé Machín volvían cada uno a su casa, callados, sin ser huraños, siempre pensativos. Julio Valdés, se envolvía de un aire discreto y cordial. Los hermanos Buxadera, con Renay y Alexis, organizaban la próxima tropelía en Los Sitios. Y los buenos de Raúl González Calockchi, Justo Reina, Mario Pérez, Rubén Busquet y Eugenio Negrete, compitiendo grupalmente con bebidas, terminarían un día casi arrestados, cuando Calockchi sacó el brazo a una perseguidora de la policía que pasaba y le gritó: «¡Taxi!». ¡Palabra de honor que yo no estaba allí!
Todos me ayudaron a sobrevivir en los disbalances de la adolescencia. Con ellos compartimos los preciosos años de la juventud temprana. Como sanos contrapesos que equilibran, o cierzos de levante que empujan, ellos llenaron de hermosas historias la vida. Pagando tamaña deuda, vivan para siempre en los más sentidos recuerdos.
El más universal de los escritores argentinos, el viejo y sabio Borges, quizá en remembranza de Marcel Proust, gustaba decir que se recuerdan los tiempos y no lo lugares. Bueno..., es que hay lugares que recuerdan tiempos. Este edificio, casi demolido, lo poco que queda de él, es uno.
Duele tanto mirar en ruinas un lugar donde hubo tanta vida.

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