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domingo, 30 de agosto de 2026

¿A dónde viajaría, al pasado o al futuro?

La pregunta


Es una pregunta que todos se formularon alguna vez: si fuera posible hacerlo, ¿a dónde viajaría: al pasado o al futuro? La preferencia que se tenga dice mucho de la persona que responde.


Los que prefieren ir al pasado


Quienes sueñan con viajar al pasado están movidos por la memoria; quienes prefieren viajar al futuro, por la expectativa. Los primeros miran lo perdido; los segundos, lo posible

Los que «prefieren ir el pasado» suelen tener una relación intensa con la identidad, la nostalgia y el reordenamiento del mundo vivido. El pasado ofrece algo que el futuro no puede dar: acontecimientos ocurridos, personas que existieron, decisiones que fueron tomadas. Viajar al pasado es, en cierto modo, contemplar las raíces y la persona que lo anhela expele un deseo de reparación: volver a ver a alguien que murió, evitar una desgracia, decir una palabra que no se dijo, volver a un lugar que desapareció. 

El viajero del pasado camina hacia una casa lejana cuyas luces recuerda. Su viaje tiene algo de elegíaco. A veces busca descubrir, a veces recordar, comprobar si el mundo que vive dentro de su memoria fue tan hermoso como lo recuerda.

El pasado tiene una poderosa atracción: es inalterable y, sin embargo, emocionalmente modificable; no podemos cambiar lo ocurrido, pero podemos volver de su recuerdo con una conciencia nueva. Fue el sentir renovador de Asaf, aquel inefable salmista, cuando escribió: «Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo» (Sal. 77:10b).


Los que prefieren pensar en el futuro


Los que prefieren pensar en el futuro están movidos por la curiosidad, la esperanza y el deseo de trascender al presente. No quiere recuperar lo que fue, sino descubrir lo que será. Se mueven en un mar de confianza e inquietud ante lo desconocido. Quieren saber cómo termina el presente y el futuro tiene respuestas latentes: ¿qué será de mis hijos, de la humanidad? ¿Qué conseguirá la ciencia? ¿Cómo cambiará mi ciudad? ¿En qué mutarán los bosques cercanos a mi pueblo? ¿Qué será de los reinos de este mundo? Fue el sueño de Nabucodonosor, rey de Babilonia, al cual vinieron en la noche «pensamientos por saber lo que había de ser en lo por venir» (Dn. 2:29).

El viajero del futuro mira una puerta cerrada y escucha tras ella el paso siguiente de los siglos. Su viaje no es elegía, sino profecía. No pregunta: «¿qué perdí?», sino «¿qué encontraré?».


Conclusiones


Tales cosas trazan una diferencia profunda: el que quiere viajar al pasado desea encontrar a alguien: padre, madre, amigos, maestros. El que quiere viajar al futuro desea encontrarse consigo mismo. El primero busca presencias ausentes; el segundo, presencias por existir.

El pasado tiene el color de la memoria; el futuro, el de la esperanza. Uno está lleno de evocaciones; el otro, de promesas. Y los viajeros que van en una u otra dirección tienen algo en común: sueñan.

Pasado, futuro..., y entre ambos el presente, que es el único lugar donde el hombre puede realmente vivir.





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