Las llanuras de Texas se extienden bajo un cielo inmenso y revelan un horizonte que no termina. La hierba de sus campos se inclina al viento como las olas verdes de un gran océano. Todo es grande en Texas. En ella caben países enteros, como España o Francia. Sus distancias evocan su propia belleza e invitan a rumbos ignotos.
Al amanecer las llanuras despiertan lentamente bajo una luz que parece recién creada. Los primeros rayos doran los pastizales, encienden las cercas tejanas y dibujan sobre la tierra las sombras largas de sus árboles solitarios. Su naturaleza toda se contempla a sí misma y desde su seno emana un viento antiguo y libre, que lleva consigo el olor de la tierra, la hierba y la lluvia.
Al atardecer el sol desciende lentamente y convierte la inmensidad en una extensión de cobre y oro; las nubes se incendian, las sombras se alargan y el silencio toma una dimensión de sueño.
Estas llanuras, tan plenas, dejan una curiosa experiencia de libertad y llaman, con nobleza, a pensar en la grandeza incomparable de su Creador.
"¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!" (Sal. 8: 1).
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