Todo lo que sucede tiene una lectura, y no estoy hablando de poesía. Huracanes, tornados, epidemias, guerras son permisiones de Aquel que está sentado en el Trono. Es bíblico pensarlo. La voz del Espíritu en el profeta Isaías se elevó hace dos mil ochocientos años para decir: «...porque luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia» (Is. 26:9b).
Por estos caminos los peores males deben ser evaluados desde una óptica superior a la que propone la tesis del sencillo arbitrio en aquellos que presentan a la humanidad como un mundo sin Dios.
Tembló la cálida tierra de Venezuela este miércoles 24 de junio de 2026, a las 18:04 Horas. El epicentro del siniestro estuvo en la zona central-norte del país, cerca de Montalbán (Carabobo), pero se expresó con mucha fuerza en Caracas, La Guaira y otros estados. Dos grandes movimientos sísmicos, de magnitud 7,2 y 7,5, separados por unos segundos, sembraron pánico. Los especialistas coinciden en que este doblete sísmico es el más fuerte que haya azotado al país desde 1900. Cayeron edificios; construcciones formidables se vieron súbitamente reducidas a un retorcido amasijo de concreto y hierro. Murieron cientos de personas. Miles de heridos desbordan los hospitales en reclamo de atención desesperada. Muchos buscan con angustia a sus familiares, desaparecidos bajo inamovibles escombros.
¿Qué pensar? ¿Cómo mirar las cosas que ocurren en este pobre pueblo en cuyo seno arriesgamos mi esposa y yo la seguridad y, por extensión, la vida hace diez años? Está muy cercano aquel 3 de enero de 2026 en que una operación militar de los Estados Unidos sacó a Nicolás Maduro del poder. Hubo de inmediato señales de apertura económica y acercamiento internacional. Nobles acuerdos reactivaron la industria petrolera e inyecciones financieras del gobierno norteño trajeron una sonrisa festiva a tan sufrido pueblo.
¿Cómo separar un temblor político, tan cercano en el tiempo, de la terrible sacudida sísmica recién acaecida? Pero, al unirlos, qué lectura hacer y, más difícil aún, cómo expresarla sin herir, o desconocer el lenguaje compasivo, que es paliativo obligado de la misericordia.
Los hechos registrados en enero de este año llenaron los espacios noticiosos. Venezuela se colocó a la cabeza de todos los titulares mundiales. Era el suyo un innegable triunfo contra la corrupción, la droga y la miseria creciente de un país que llegó a registrar la tasa de inflación más alta del mundo; pero tales logros abrieron paso a la gran pregunta: los líderes sociales que tomaron desde enero las riendas del gobierno, los referentes del poder, los ocupantes de los puestos de eminencia ¿a dónde corrieron en reconocimiento y rendida gratitud por el favor recibido? En resumen: ¿a quién dieron la gloria?
Vemos figuras significativas de la élite venezolana cargadas de pulsos, collares e indumentarias que expresan el más desordenado sincretismo. Se escuchan desde allí percepciones muy extrañas que entronizan la carne y la sangre como protagónicos del bien derramado, desde enero, en la hermosa tierra del turpial. Quizá estas lecturas sean carriles por lo que puedan entenderse los grandes e inusitados males recién vividos: Dios cela su gloria y no la compartirá jamás.
«Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas» (Is. 42:8).
«Porque no te has de inclinar a ningún otro dios, pues Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es» (Ex. 34:14).
«Por mí, por amor de mí mismo lo haré, para que no sea amancillado mi nombre, y mi honra no la daré a otro» (Is. 48:11).
No hay error más grave para los humanos a la hora del triunfo que colocar la gloria, que solo pertenece a Dios, en un lugar equivocado. Ningún otro yerro tiene consecuencias más deplorables. Si lo duda, mire a la historia de mi pobre tierra, la perla del Caribe, en sus últimos setenta años.
Aprendamos de tales cosas, y por pequeñas que sean las victorias, corramos al Calvario y pongámoslas a los pies de Cristo. ¡Cuánto dolor trae al corazón del Padre la ingratitud humana! ¡Qué callados quedan los ángeles cuando nos ven premiar a seres intrascendentes frente a los colosales esfuerzos que hicieron las huestes celestiales movidas por el amor y el poder del Único que merece la gloria.
«Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos» (Ap. 5:13b).