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sábado, 27 de junio de 2026

Críticos y criticones

Los críticos son necesarios y se identifican por los claros contrapesos que logran en la opiniones que emiten. Con equilibrio definen aciertos y desaciertos, bellezas y fealdades, valores y antivalores. Esos son los críticos. Los criticones son otra cosa. Tienen un perfil propio y un olor tan marcado que pueden ser reconocidos desde la más completa anosmia. Los criticones encuentran defectos hasta en el paraíso; si ven un arcoíris comentan la falta de dos colores; si les regalan un lingote de oro, se quejan del peso. Ellos entran a una heladería donde se ofertan cincuenta sabores solo para comprobar que «el suyo» no está. A la verdad, estos seres están dotados de capacidades únicas: pueden encontrar tres errores en una hoja en blanco. 

El criticón es ese personaje que, frente a un pedido de opinión de Noé, hubiera contestado: «La idea está bien, pero el color de la madera del arca no está en armonía estética con el diluvio».

El criticón ve una rosa y señala a sus espinas; contempla una puesta de sol y se queja de ella por fugaz; ver el amanecer y le parece importuno por lo muy temprano que resulta.

Lo más tenebroso del asunto es que el Partido de los Criticones tiene representaciones en todos los países y su afiliación internacional crece. Ellos penetran las instituciones, sientan cátedra en las universidades, escalan alto en la sociedad y disfrutan de una cohesión formidable. Más unidos que una manada de elefantes, luchan bajo una bandera donde aparece la imagen de una lupa circulada en oro por un lema donde se lee: «Puede parecer bueno lo que veo, pero...». 

Frente a esta especie, se hacen patentes las palabras salvadas del refranero por la memoria popular: «Lo que dices de mí no habla de lo que soy, sino de lo que eres»: criticón. 


 



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