«Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré» (Gn. 12:1). Fueron las palabras del Altísimo a Abraham.
Los especialistas en lenguas bíblicas aseguran que, en el hebreo de esta expresión, hay un pronombre enclítico, y una traducción más literal sería: «Ve para ti de tu tierra...». Rabinos de la era moderna lo han llegado a resumir en la paráfrasis: «Ve en dirección a ti mismo».
Era Abraham un mero ganadero iraquí, pero su destino estaba trazado desde el Tercer Cielo para llevarlo a ser: «amigo de Dios» (Is. 41:8), «nación grande y fuerte» (Gn. 18:18), «patriarca de Israel» (Hch. 7:2), «padre de multitudes» (Gn. 17:5).
Para eso debía partir. El completamiento de la Obra de Dios en su vida implicaba un alejarse de allí.
«Y se fue Abram, como Jehová le dijo...» (Gn.12:4). Y se despidió de Ur de los caldeos para nunca más regresar.
En cada hijo de Dios que escuche el llamado y salga tras él habrá un remedo de aquel lejano «padre de la fe» (Ga. 3:7). Organizaciones a las que nos creímos unidos de por vida, países en que esperábamos terminar, profesiones, trabajos, amigos... Tu impoluto pañuelo blanco se levantará en tu mano para decir adiós, para partir y no volver, para llegar a ser quien estás llamado a ser.
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