Cuánto puede cambiar la perspectiva según el momento de vida en que la persona se encuentre. Con cuánta belleza lo describe, Khalil Gibran en Alas rotas, en el penoso y críptico tránsito del amor al desamor:
Por las mañanas, cuando caminaba yo por los campos, veía un signo de la Eternidad en el despertar de la Naturaleza, y al sentarme en la playa escuchaba yo las olas, entonando el cántico de la Eternidad. Y al caminar por las calles veía la belleza de la vida y el esplendor de la humanidad, en la apariencia de los transeúntes y en los movimientos de los trabajadores.
Aquellos días pasaron como fantasmas y desaparecieron como nubes, y pronto no dejarían en mí sino tristes recuerdos. Los ojos con los que solía yo mirar la belleza de la primavera y el despertar de la Naturaleza ya no podían ver sino la furia de la tempestad y la miseria del invierno. Mis oídos, que antes oían con agrado el canto de las olas, ya sólo oían el ulular del viento y el embate del mar contra los acantilados. El alma que antes observaba feliz el vigor incansable de la humanidad y la gloria del Universo, sentía la tortura del conocimiento de su decepción y frustración. Nada había sido más hermoso que aquellos días de amor, y nada era más amargo que aquellas horribles noches de tristeza.
(...) Como un místico que recibiera una revelación celestial, me vi a mí mismo entre los árboles y las flores, y al aproximarme a la casa vi a Selma sentada en un banco a la sombra del jazmín, donde habíamos estado juntos hacía una semana, aquella noche que la Providencia había elegido para que nacieran al unísono mi felicidad y mi tristeza (1).
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(1) Khalil Gibran. Alas rotas. 1912. Obra de Dominio Público. wwwalejandria.com, pp. 30, 31.
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