En los medios de prensa del gobierno cubano, constantemente se afirma: «¡Salvemos la Revolución cubana!», y, por más que me esfuerzo no le encuentro sentido a la idea. No me refiero a temas ideológicos, sino al asunto histórico en sí. La revolución a la que se refieren triunfó en 1959 y sus principales líderes ocuparon la dirección de la sociedad y extendieron sus proyectos por todo el país y el mundo. No entiendo, sinceramente el airado «¡Salvemos la Revolución!» a las alturas de 2026. Del modo más honesto que pueda decir, resulta tan incoherente la afirmación como la que pudiera nacer de franceses que dijeran: «¡Salvemos la Revolución francesa!», de 1789; o de mexicanos que vociferaran: «¡Salvemos la Revolución mexicana!», de 1910.
Un pueblo es mucho más que todas las revoluciones que engendre su historia. Y no se trata de salvar la revolución de Yara, ni la de Baire, ni la de 1933 o 1959; se trata de salvar al pueblo de Cuba.
«¡Salvemos la Revolución cubana!». Si insiste en tal slogan tendré que enarbolar uno más pertinente: «¡Salvemos la revolución copernicana de 1543!». Es más coherente; al menos tiene vigencia en la lucha contra los terraplanistas que ondean sus blasones en 2026.
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