¿Ha pensado alguna vez en Nicodemo? Saber de ese lejano maestro judío es un gran consuelo para quienes no llegan a la fe de inmediato. Parece como si Dios mostrara a través de él que hay quienes maduran lentamente. Personas como Pedro o Mateo lo hicieron con celeridad, pero otras como Nicodemo avanzaron en la medida en que vencieron dudas y temores. Era miembro del Sanedrín y pese a que todos los fariseos rechazaban a Jesús, movido por una búsqueda sincera de la verdad, vino a él de noche. En aquel encuentro escuchó del Señor las palabras más grandes registradas en la Biblia: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn. 3: 16).
La fe y el compromiso con el Evangelio crecieron gradualmente en él. Primero buscó a Jesús en privado; más tarde, cuando el Sanedrín quiso condenar al Señor sin escucharlo, defendió en su favor el principio de justicia (Juan 7:50-51). Finalmente, después de la crucifixión, con no poco riesgo, apareció públicamente junto a José de Arimatea llevando una gran cantidad de mirra y áloe para la sepultura. Ese último gesto reveló en él un valor que antes no había mostrado.
No era perfecto, pero era honesto como tú, y la honestidad es un camino que usa el Espíritu Santo para llevar a Cristo.
Juan presenta a Nicodemo en tres momentos distintos, quizá para mostrar el desarrollo de una fe que comienza con preguntas sencillas y termina con un acto silencioso de valentía, entrega y amor.
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