Vi a George Orwell sentado al sol, con un libro abierto. Su rostro reflejaba espanto. El conjunto que formaban en el escritor inglés su expresión contraída y la mirada aterrorizada imponían la urgencia de un auxilio.
Me acerqué presuroso, y ya, a unos pasos de él, lo entendí todo. Estaba leyendo un libro en cuya portada aparecía, con letras grandes, un título sugerente: 2026.
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