A principios de 2000 vino a la capital cubana una delegación evangélica de Venezuela; fueron recibidos por el liderazgo de las Asambleas de Dios de Cuba en la Oficina Nacional. Entre comentarios y actualizaciones, se les dijo: «Venezuela ha emprendido un camino muy peligroso...». Ellos expusieron, con no poca confianza, las razones por las que creían que el fenómeno «Cuba» nunca tendría lugar en la nación suramericana y alegaron: «Lo que sucedió en Cuba nunca pasará en Venezuela; es un país con propiedades privadas...». Señalaron, a modo de acotación, debilidades en la fe del pueblo de Dios de la isla y ausencia de estrategias en la lucha espiritual como las razones centrales de la persistencia del totalitarismo insular.
Algunos de los ejecutivos cubanos presentes, nacionales y distritales, habían sido probados en los hornos de la UMAP y en las calcinantes décadas de 1960 y 70. Ellos escucharon con atención y silencio. Cuando los delegados venezolanos terminaron de exponer sus criterios y expectativas, el líder cubano que dirigía la reunión, les dijo: «Esto es lo que va a pasar en Venezuela: primero vendrán las nacionalizaciones, las empresas colapsarán, se irán; detrás vendrá la pobreza y, finalmente, la emigración. En ese orden va a ocurrir: nacionalizaciones, miseria y emigración». Ellos no lo creyeron.
Después de su reelección en diciembre de 2006, el 8 de enero de 2007, Hugo Chávez, presidente de Venezuela y líder del aciago «Proyecto bolivariano» anunció que su gobierno nacionalizaría empresas estratégicas, principalmente de electricidad y telecomunicaciones, y declaró de tajo, desde la más inconsulta de las decisiones, su intención de avanzar hacia el llamado «socialismo del siglo XXI».
Lo que siguió es historia: las empresas se fueron del país, colapsó la economía y como «un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas» (Sal. 42:7), vino la pobreza y personas recogieron comida en tanques de basura. Como colofón de todo, el destino fue sellado con la más grande emigración de la historia suramericana: ocho millones se fueron...
Nacionalización, pobreza y emigración. Ese fue el orden y era previsible.
Nuestros amados hermanos de Venezuela vinieron a la pobre Cuba con el noble propósito de enseñar. Demoraron años en entender que vinieron a aprender.
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