Los hermano naturales de Jesús no creían en él, y quién sabe en qué tono de desdén o desafío le instaban a fin de que se manifestara en Judea. El Señor les dijo entonces: «No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas» (Jn. 7:7).
El mundo quiere aduladores. Las personas en pecado aman la voz que les justifica y aplaude, y en esto está la raíz del desenfoque de tantos en la iglesia: no quieren ser aborrecidos. Y el Señor lo fue. ¿Cómo seguirle sin ser aborrecidos también?
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