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miércoles, 26 de agosto de 2026

Desesperanza aprendida

«Desesperanza aprendida», tal concepto fue desarrollado a partir de los experimentos de Martin Seligman y Steven Maier en la década de 1960. Ellos observaron que algunos animales, tras exponerse repetidamente a situaciones desagradables que no podían controlar,  posteriormente dejaban de intentar escapar, aun cuando se les ofrecía una vía de escape. La idea se trasladó después al comportamiento humano. La «desesperanza aprendida» —también llamada «indefensión aprendida»— es un fenómeno psicológico en el que una persona, después de experimentar repetidamente situaciones que percibe como incontrolables, llega a creer que sus acciones ya no pueden cambiar el resultado, incluso cuando posteriormente sí existen posibilidades de hacerlo. En un mar de desesperanza se ve dominado por pensamientos como: «Haga lo que haga, nada va a cambiar». «Siempre me sucede lo mismo». «No vale la pena intentarlo». «Otros pueden salir adelante, pero yo no». «Ya lo intenté demasiadas veces». «No tengo control sobre mi vida».

No necesariamente significa que la persona sea incapaz de cambiar su situación. El problema está precisamente en que ha aprendido a esperar que sus esfuerzos serán inútiles. Por eso puede aparecer una paradoja dolorosa: la puerta está abierta, pero la persona ha aprendido a no intentar cruzarla.

Esto produce pasividad, pérdida de iniciativa, disminución de la motivación y una visión cada vez más negativa del futuro. La «desesperanza aprendida» no es una condena permanente. Las personas pueden reaprender que sus decisiones tienen consecuencias y recuperar progresivamente la sensación de control.

Desde una perspectiva bíblica, la «desesperanza aprendida» es lo contrario de aquella confianza que aparece en expresiones como: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil. 4:13). No significa que la fe garantice que todo saldrá como queremos, sino que el creyente deja de considerar que su situación presente tiene la última palabra.

Bíblicamente encontramos personas que parecían haber llegado al límite de la esperanza. Elías, por ejemplo, después de una gran victoria espiritual, terminó debajo de un enebro deseando morir (1 Re. 19). Dios no comenzó reprendiendo su falta de fe; primero le dio descanso, alimento, presencia y posteriormente una nueva misión. Es una imagen extraordinariamente hermosa: a veces Dios comienza a sacar al hombre de la desesperanza devolviéndole primero fuerzas para volver a caminar. 





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