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| Rev. José Ramón Álvarez (1935-1978) |
Mientras se desarrollaban las sesiones de la XXXIX Convención Nacional se recibió una triste noticia: a la temprana edad de cuarenta y tres años, el Rev. José Ramón Álvarez García, después de treinta y ocho días de ingreso y estudio en el Hospital Provincial de Santiago de Cuba, a consecuencia de un síndrome febril crónico, había partido con el Señor (1).
¿Quién fue José Ramón Álvarez?
Nació el 4 de febrero de 1935, en Ciego de Ávila. En el contexto de las campañas evangélicas al aire libre que se realizaran en el parque infantil de esa ciudad, en 1951, tuvo un encuentro con el Señor y vino a la fe. Sus frutos fueron tan precoces que, cuatro meses después, se le ve ingresar en el Instituto Bíblico Pentecostal de donde egresa triunfal, con sus estudios terminados, el 18 de diciembre de 1953. Tenía solo dieciocho años y las regulaciones reglamentarias del Instituto habían tenido que hacer concesiones con él (2).
Inicia de inmediato un pastorado en la zona de su Ciego natal. En 1954 levanta, en el Señor, una congregación en Jatibonico. Un año después se une en matrimonio con Arminda García Martínez, creciendo una familia de dos hijos. En 1957 inician un pastorado de Jagüeyal (3), que se extiende por tres años y medio. De allí se trasladan a Morón, donde pastorea durante cinco años, hasta 1963, fecha en que resulta electo pastor en Guantánamo, sede en que le sorprende aquella inesperada promoción a la gloria (4).
A lo largo de su fructífero haber ministerial José Ramón Álvarez fue presidente nacional de los Embajadores de Cristo (Jóvenes) durante seis años, presbítero por ocho años y vicesuperintendente nacional hasta el momento de su partida (5).
Entre las últimas memorias que el inolvidable Rev. Alipio Pedraza Surí comentó al autor, para las alturas de 2003, se encontraba el recuerdo de la última ocasión en que se vieron:
Fue en ese mismo año 1978; fuimos citados para una reunión con el tristemente célebre comandante Pancho. Este era famoso por maltratar a las personas y la reunión era complicada porque en ella teníamos que tratar el tema de un montón de iglesias que el gobierno nos había derrumbado. Nos encontrábamos allí José Ramón Álvarez García, Pedro Manuel Rodríguez Marzo, y yo. Más que una reunión, aquello fue un escándalo; era lo habitual; no esperábamos otra cosa. Gritos, grandes manotazos en la mesa, ofensas, acusaciones de ser «vagos». José Ramón Álvarez, que no era fácil, se dio una gran prendida con él porque era bravo.
El comandante Pancho sintió que nos tenía aplastados a gritos y órdenes, cuando de pronto miró a Manolín, que no había hablado una palabra, y volviéndose a nosotros nos dijo: «¡Este si es de verdad! ¡A este sí lo respetamos porque es de verdad! ¡Vamos a oírlo! (6). A ver…, dígame… ¿Ha tenido algún problema con su Iglesia…?». La expectativa era oír un tranquilo «no» por respuesta, de modo que los «vagos-desocupados» (Álvarez y yo) quedáramos como un par de conflictivos. Manolín le contestó despacio: «Comandante…, la Iglesia me la demolieron…».
Esta es la última memoria que tengo de José Ramón Álvarez: defendiendo el evangelio. Pronto comenzó con aquellas fiebres extrañas, y el Señor se lo llevó (7).
El martes 25 de abril de 1978, en el Templo de Infanta y Santa Marta, La Habana, sede central de las Asambleas de Dios de Cuba, el insigne vicesuperintendente nacional, Rev. José Ramón Álvarez, pronunció su último mensaje, que significativamente descansó en Marcos 8:31-38:
Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle. Pero él, volviéndose y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles (8).
El 14 de junio de 1978, a las 10:40 a.m., mientras la convención se debatía en las elecciones generales, José Ramón Álvarez fue llamado a la presencia del Señor. Un silencio profundo llenó el templo al tiempo del anuncio triste. Era el predicador de la primera noche y había dejado un gran vacío. El Comité Ejecutivo nombró una delegación que, de inmediato, salió rumbo a Guantánamo (9).
El panegírico que pronunciara el Rev. Héctor Pereira Sánchez en ocasión del sepelio de aquel querido hermano, incluyó estrofas poéticas nacidas de su inspiración, con las que hizo un sentido resumen acerca del significado de aquel ministerio:
Traspasaste la vida dejando hermosa huella,
Fértil ministerio de diáfana labor.
¡Prendan tu corona lúcidas estrellas,
Fiel José Ramón! (10)
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Las fuentes de información y los datos de este artículo están expandidos en: Historia de las Asambleas de Dios en Cuba. Tomo II, p. 399. Al alcance del lector interesado en Amazon: http://mybook.to/historiaAD2
Detalle de las fuentes:
(1) Héctor Pereira. “In memoriam”. La Antorcha Pentecostal. Asambleas de Dios de Cuba. Abril-sept. 1978, p. 3.
(2) Ibíd.
(3) Jagüeyal. Obra de las Asambleas de Dios cerrada en 1978.
(4) Pereira. Ibíd.
(5) Ibíd.
(6) El autor se reserva la interpretación de estas palabras del comandante Pancho.
(7) Alipio Pedraza, entrevistado por O. Ríos. Templo “Palabras de Vida” en Santa Amalia, La Habana. Primavera de 2003. Templo “Palabras de Vida” en Santa Amalia, La Habana.
(8) Pereira. Ibíd.
(9) Félix Pérez Suárez. “De nuestra Convención”. La Antorcha Pentecostal. Asambleas de Dios de Cuba. Abril-septiembre de 1978, p. 4.
(10) Pereira. Ibíd.

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