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sábado, 5 de septiembre de 2026

Nada más noble que enseñar

Para enseñar con gusto y sin pesar, en lo natural, se necesita una nobleza de alma que no todos tienen. En este oficio que supone la transmisión de humano a humano es más importante la aptitud que la capacitación. Lo noble no se logra sin nobleza y nada es más noble que enseñar. 

Hace cien años los apologetas de la violencia docente tenían un aforismo que decía: «La letra con sangre entra». Nunca supe quien inventó tamaña burrada, pero, a todas luces, el que la practicó careció de la más elemental aptitud para enseñar.

El examen primero y último de un docente debía de evaluar no la competencia intelectual, donde Aníbal Lécter vencería con notas sobresalientes, sino las aptitudes al trato humano relacionadas con el amor y la nobleza. Tales prendas del alma determinan la diferencia entre dejar un recuerdo grato del orden estelar aprendido o, en su lugar, marcar la memoria con una cicatriz amarga, perennemente unida a las formulaciones académicas que nos impusieron.

Cuando necesite aprender, no se acerque a personas que no aman enseñar, que se burlan del desconocimiento ajeno y proyectan sombras de humillación sobre el temporal pupilo; no se deje marcar por idiotas y escoja con cautela a aquellos que más tarde, entre agradecidas remembranzas, llamará «maestros».

En lo sobrenatural y en lo tocante al magisterio eclesiástico, la enseñanza de la Palabra de Dios, no solo requiere de la aludida nobleza; a más que esto, se es maestro por ministerio: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? ¿todos maestros? ¿hacen todos milagros?» (I Co. 12:28, 29).

Todos quieren ser señalados como tal y no todos los pastores son maestros, mucho menos los profetas o los evangelistas. Hoy quieren subir a ese estrado los adoradores o meros cantautores, en desdoro al hecho de que un maestro en la Iglesia es un ministro con un ministerio muy complejo, bíblicamente hablando, y que tener un testimonio que contar no hace maestro al que habla, por buen orador que sea. 

Para vergüenza de la organización cristiana donde enrumbé mis pasos (Asambleas de Dios de Cuba) durante la mayor parte de su historia solo fueron ordenados los pastores, como si el ministerio de maestro hubiese sido un invento de la tradición, sin prerrogativas bíblicas. Muchos años tardaron en entender la dimensión del yerro, si es que realmente lo entendieron. 

Nadie discierne con mayor celeridad la verdad del error que un maestro. Ministerio alguno tiene mayor efectividad para la exposición clara de la Palabra y la eficacia de su fijación en la memoria de los alumnos y estudiantes que el maestro. A la hora de razonar bíblicamente, con precisión exegética, fiabilidad expositiva y atino doctrinal  ministro alguno es comparable a él.

Bienaventurados los que unieron nobleza y ministerio. Bienaventurados los que merecieron ser llamados «maestros».






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