El río Jordán corre humilde y silencioso. No tiene la majestad del Amazonas o el ancho caudal del Mississippi, pero lleva a torrentes la memoria histórica del pueblo más importante de la tierra: Israel.
Nacen sus aguas en las estribaciones septentrionales del Monte Hermón; este último es parte de las cadenas montañosas del Antilíbano, frontera de Siria y Líbano. El Jordán viene a ser en sí la confluencia de tres ríos principales: Hasbani, Dan y Banias, que se abrazan cinco kilómetros al sur de la frontera septentrional de Israel.
Sus orillas vieron pasar a patriarcas como Abraham y Jacob; y a profetas como Elías y Eliseo. Ejércitos y peregrinos lo cruzaron. Estuvo en el paso de hombres que huían y hombres que regresaban. Generaciones enteras llegaron hasta sus aguas llevando sobre los hombros el cansancio de una larga travesía. En su rivera estuvo Josué cuando el errante pueblo de Israel llegó al umbral de la tierra prometida. Sus aguas fueron testigos del paso de un pueblo que había conocido el desierto y ahora veía delante de sí una tierra nueva. Siglos después, Juan el Bautista estaría junto a aquellas aguas y los hombres descenderían para bautizarse y dejar atrás simbólicamente una vida y levantarse hacia otra; por el arrepentimiento prepararían sus corazones para la llegada del Mesías.
Como corona de su historia, hasta allí llegó Jesús. El Señor entró en sus aguas y aquel río humilde quedó santificado en una escena que perdurará para siempre en la memoria bíblica.
La vista del Jordán conmueve. Su humilde caudal lleva, a más que agua, promesas, despedidas y comienzos. Mientras corre hacia el Mar Muerto, parece decirle al hombre que ninguna frontera es definitiva, que después del desierto puede haber una tierra prometida y que tras una larga noche puede amanecer otra vez. Al contemplarlo, uno quisiera permanecer en silencio junto a su ribera y escuchar. Porque hay ríos que solo pasan; el Jordán, en cambio, parece mover a una quietud que significa recordar.
La grandeza del Jordán está en su historia inmensa. Corre humilde entre tierras áridas, como una cinta de esperanza tendida por Dios sobre el desierto. Y quizá por eso conmueve tanto, porque enseña que no siempre la grandeza necesita estruendo. A veces basta una corriente tranquila, una ribera silenciosa y un hombre dispuesto a cruzar, para que un río pequeño se convierta en frontera entre lo que fuimos y aquello que todavía estamos llamados a ser.
Y mientras su corriente continúa descendiendo lentamente hacia el Mar Muerto llevando consigo la memoria de un pueblo, en millones de creyentes se siente el eco de aquella voz que un día fue escuchada sobre sus aguas: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd» (Mt. 17: 5b).
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