«A nadie le importa nada». Para muchos es el resumen de algo triste: el mundo continúa girando mientras nos detenemos ante nuestras pequeñas tragedias, esperando que alguien advierta la herida que escondemos bajo el manto de un rostro apacible. La ciudad pasa indiferente junto al anciano que enviudó; los automóviles cruzan la calle mientras alguien, tras una ventana, llora en silencio; el sol vuelve a salir sobre quienes han dormido mal y sobre quienes no han podido dormir. Y, sin embargo, qué extraño misterio: cada ser humano vive convencido, por momentos, de que su dolor debería detener el universo.
«A nadie le importa nada». Tantas cosas lo sugieren. Y olvidamos que importamos tanto a Jesús, que vino de lejos para enseñarnos a vivir; «y por todos murió...» (II Co. 5:15) y, cuando lo hizo detuvo nuestro despeñar irrefrenable al infierno. Importamos a los que, en Su Nombre, tienen viva la Obra del Espíritu Santo; a ellos importamos. Lo aprendí mientras agonizaba y una dama cruzó el Estado de oeste a este; manejó a velocidades peligrosas cuatro horas, solo para traer una visión y una Palabra, por la que vivo todavía, cinco años después.
«A nadie le importa nada». Entre barruntos de historia, me encuentro pensando así, tarde en la noche. Y, sin embargo, acaso lo más importante en el largo devenir humano sea precisamente la historia de quienes se negaron a creerlo.
«A nadie le importa nada». Ni aún en lo humano es un pensamiento justo. Mientras haya una persona capaz de conmoverse ante el sufrimiento de otra, una madre espere, un hijo regrese, un padre sufra los rigores de un horno; mientras un amigo permanezca, una monja de Calcuta bañe a un leproso, un bombero entre a un edificio en llamas y un hombre vuelva la mirada hacia otro que camina solo; mientras vea a mi esposa, más allá de lo humano, casi colapsar de rodillas, entre lágrimas, por absolutos desconocidos sepultos en un edifico derruido, afirmar que «a nadie le importa nada» será un algo desmentido, como desmiente una luz, por pequeña que sea, a la más inmensa oscuridad.
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