El Mar Muerto parece una inmensa lágrima de agua detenida entre montañas de piedras y desiertos. Allí el Jordán llega cansado, después de atravesar la tierra, y se entrega a un mar que no devuelve nada. Sin embargo, bajo aquella quietud severa hay una belleza antigua y bíblica, como si el paisaje conservara todavía el eco de los profetas que caminaron por sus tierras.
Sus aguas, cargadas de sal y minerales, sostienen al viajero sobre la superficie como si la tierra misma le pidiera que dejara de luchar contra el peso de la vida. Uno puede flotar allí mirando el cielo, suspendido entre dos infinitos: abajo, una profundidad que no se deja conquistar; arriba, un azul que no tiene término.
Quizá lo más conmovedor de todo sea su nombre, porque aquello que llamamos muerto todavía habla. Habla de Sodoma y Gomorra, de Abraham y Lot, de caminos antiguos y ciudades desaparecidas. Habla también de la triste fragilidad de todo lo humano.
El sol crepuscular de las montañas de Judea tiñe de oro sus aguas yertas y por un instante el mar parece no estar muerto, sino dormido, guardando en su sal la memoria de un mundo antiguo y esperando, en silencio, que alguien se acerque a escucharla y comprenderla.
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