Juventud: Apologética.
Madurez: Teología práctica, sistemática y bíblica.
Ancianidad: Historia y Escatología.
Así cambian las áreas de interés en las ciencias bíblicas en la medida que avanza la vida. Tenía 22 años cuando la vida se me llenó de Apologética. Ardía en la defensa del Evangelio. Desafié una tarde a La Universidad de La Habana; convoqué en pleno a su estudiantado al céntrico templo de Infanta y Santa Marta. Son cosas que se hacen de joven.
Avanza la vida, descubrimos que la Biblia se defiende sola y la inmensa obra del Espíritu Santo no sigue caminos tan racionales; empezamos entonces a estudiar teología; primero la revisamos aplicada a la vida, en la Teología práctica. Luego, generalizamos; miramos a los vastos temas unidos por haces en la Teología sistemática. Años después hurgamos los rincones poco soleados por el escrutinio en la Teología bíblica. Y nos llenamos de las bellezas de la Palabra.
Avanza y avanza la vida, y ya se avizora el fin. Desde las cumbres agrestes alcanzadas miramos con añoranza las horas vividas y a la mucha gloria del Señor derramada en ellas. Al hacerlo abrazamos la Historia. Y soñamos; soñamos desde la Escatología en los mundos por venir; ese llegar final hasta Aquel que nos amó, y por nosotros murió; el que dijo a sus discípulos: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Jn. 14:2).
