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domingo, 27 de septiembre de 2026

Cómo pueden confundir alba y crepúsculo...

Hace poco examinaba una página web, muy visitada, y en una publicación relacionada con paisajes presentaban un obvio atardecer al que llamaban: «Amanecer en mi ciudad». Me causó asombro el equívoco porque son entornos tan distintos...

Los colores del alba son de un dorado tierno, heredado de una noche en que los árboles filtraron las impurezas del aire. El atardecer recoge los calores del día y el vapor de las industrias, y se viste dramáticamente de un rojo profundo que se desdobla a ratos en un naranja intenso.

El suave arrullo de la alondra saluda la luz naciente, que es, por muchos caminos, el abrir los ojos a la vida. «Despertaré al alba»; así anunció el salmista (Sal. 108:2b). El atardecer es el preludio del sueño y lo evoca con noble sonoridad el trino del chotacabras, tan sentido en esas horas, donde la luz declina y «el sol conoce su ocaso» (Sal. 104:19b).

Como misionero itinerante se desbordan en la memoria los delicados rayos del amanecer tocando el parabrisas del auto, mientras cruzaba los  verdecidos campos de Texas. En el retrovisor, cuántas caídas de sol despidieron la jornada, mientras oía a mi esposa dar gracias al Señor Jesús en el espíritu del Salmo 113:3: «Desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, sea alabado el nombre de Jehová».

Si, son muy distintos los colores del alba y la puesta del sol; las aves del cielo muestran diferendos en sus cantos, y el mensaje que dejan se distancia raigalmente, como lo hace la luz de la oscuridad, la alegría de la tristeza, la vida de la muerte.

Cómo pueden confundir el amanecer con el atardecer. Cómo pueden confundir el rompimiento de la aurora con el beso crepuscular del ocaso.






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