Ya en la séptima década de la vida, en que se hacen resúmenes y se mira al pasado como desde un pico de montaña me encuentro diciéndole al presente: «Qué pocos maestros conocí...».
Institutos, facultades, universidades; compañías, entidades, asociaciones; gremios, consorcios, federaciones. Se me llena la triste historia de instructores mediocres, transmisores de información que siquiera entendieron. Los más de ellos no fueron más allá del mensajero de mochila desbordada que lleva indiferente cartas estrujadas.
Recaderos formales, asalariados de ego insuflado, amadores de sí mismos (II Ti. 3: 2). Ellos oscurecieron lo que emanaba luz; trastocaron la visión del cielo por la de un manto de nubes encapotadas e hicieron inentendible aquello que tenían el deber supremo de hacer comprender.
En el epílogo de la vida, «qué pocos maestros conocí...».
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