Qué error tan grande el de haber leído tanta historia; miles de horas dedicadas a hurgar entre las páginas de los textos clásicos, biografías de generales, compendios de batallas mundiales, nacimiento y muerte de civilizaciones, conquistas y exterminios. Y holocaustos, tantos holocaustos...
Las crónicas de las peores guerras se agolpan ahora en la memoria. Cuánto ensombrecen. Vienen arremolinadas entre siniestros crímenes de guerras y despojan toda la alegría del momento. Aparecen cuando no se les llama y no se puede evitar que, en lugar de olvidarlas, cada vez más estrujen el corazón.
Creo que se puede ser feliz llenando la vida de otras ciencias. Pueden ser felices los físicos en su micromundo cuántico; mucho más los astrónomos, evadidos en lejanas galaxias; los biólogos que disfrutan la belleza de la vida o aún los matemáticos imbuidos de perfecciones geométricas, pueden hablar de felicidad. Los historiadores no; la felicidad está vetada para ellos. En el más alegre de los momentos le afloran al corazón Masada, Auschwitz-Birkenau y los Montes de Gilboa, aquellos que evocó luctuoso «el dulce cantor de Israel».
Qué error tan grande fue leer historia, tanta historia.
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