Cada ser humano tiene su propia percepción de lo que es la belleza. No suelen reducirla a definiciones; generalmente la explican en una descripción que se llena de metáforas sugerentes. Así lo hizo Khalil Gibran, uno de los escritores libaneses más importantes e influyentes de la literatura moderna, probablemente el de mayor proyección internacional:
Selma estaba sentada cerca de la ventana, mirándonos con sus tristes ojos y sin hablar, aunque la belleza tiene su propio lenguaje celestial, más misterioso que las voces de las lenguas y de los labios. Es un lenguaje misterioso, intemporal, común a toda la humanidad; un calmado lago que atrae a los riachuelos cantarines hacia su fondo, y los hace silenciosos (1).
Sólo nuestros espíritus pueden comprender la belleza, o vivir y crecer con ella. Intriga a nuestras mentes; no podemos describirla con palabras; es una sensación que nuestros ojos no pueden ver, y que se deriva, tanto del que observa, como de quien es observado. La verdadera belleza es un rayo que emana de lo más santo del espíritu, e ilumina el cuerpo, así como la vida surge desde la profundidad de la tierra, para dar color y aroma a una flor (2).
Una mirada que revela un dolor interno añade más belleza al rostro, por más tragedia y dolor que refleje; en cambio, el rostro que silencioso no exterioriza ocultos misterios, no es hermoso, por más simétricas que sean sus facciones (3).
__________
(1) Khalil Gibran. Alas rotas. 1912. Obra de Dominio Público. wwwalejandria.com, pp. 13, 14.
(2) Ibíd., p. 14.
(3) Ibíd., p. 31.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Su comentario a este artículo se recibe con respeto y gratitud.