Nos habrían colocado en una posición salvadora en el navío que se hundía y ellos habrían perecido. Los que crecimos en culturas de pobreza los vimos desarroparse para vestirnos y renunciar a comidas que deseaban, con tal de que pudiéramos comer.
No, los padres no merecen reproches. Cuando la soledad se sienta a la mesa, en el recuerdo triste de sus contradicciones y desafueros, una triste sonrisa de recuerdo; solo eso. Nada más.
No, no merecen reproches.
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