Qué belleza tan esencial expresan las flores.
No saben de halagos. Desconocen siquiera que tienen paralelos e imágenes en todas las cumbres de la poesía.
Ignoran la iridiscencia de sus colores. No los compran, ni los fingen, ni les son por ornamento prestado. Su naturaleza es belleza pura que se desdobla en pétalos.
Llenan los campos de olores que no perciben.
No se condicionan a cánones ni modas. Como la luz brota de la estrella, o el agua del manantial cantarino, así expresan su belleza de antaño, perlada en cada amanecer por el rocío del cielo.
No compiten entre sí. Nada muestran tan raigal como la singular existencia de su propia belleza.
El Señor Jesús, aquel que es el bíblico «lirio de los valles» (Cant. 2: 1), dijo de ellas: «...ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así...» (Mt. 28: 29).
Saben que el abril de sus sueños pronto será truncado por un verano de fuego, al que seguirá el otoño mustio, antesala de un invierno cargado de silencios. Pese a eso, qué paradigma nos dejan: por crudo que llegue a ser el imperio de la nieve, con su manto de escarcha inhóspita, nunca renunciarán a florecer en una nueva primavera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Su comentario a este artículo se recibe con respeto y gratitud.