Durante la madrugada, mientras esperaba el cierre formal de humildes trabajos vi brillar una luna grande, llena, redonda, perfecta; y pensaba al verla: «Todos los seres humanos la miraron. No hubo persona que no contemplara en la noche ese disco célico, que refracta al sol oculto y brilla serena». Ella estuvo en todos los ojos.
Nos une en la historia por esa razón: todos la vieron: grandes y pequeños, pobres y ricos, citadinos y campesinos, civiles y militares, humildes aldeanos de la prehistoria y descollantes nobeles de nuestro tiempo; habitantes de las cavernas, lejanos sumerios, asirios, babilonios, griegos y romanos; todos miraron esa luna.
Con razón el viejo Borges, en sus diálogos con Octavio Paz, en lo que el primero consideró una expresión poética perfecta, la llamó: «espejo del tiempo».
La noche del domingo 16 de noviembre de 1986, en que me bautizaron en aguas, en el Templo de las Asambleas de Dios, de Infanta y Santa Marta, en la lejana Habana, bajo la ministración del Rev. Hugo Vidal, había una luna así. La vi brillar desde mi balcón a pocos minutos de aquel importante momento, y algo muy profundo me susurró en el alma: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5:16).
Quiera el Señor que, a su ojos, así haya sido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Su comentario a este artículo se recibe con respeto y gratitud.