Me siento extraño cuando leo a mentes brillantes como Jorge Luis Borges o Doris Lessing aconsejando no leer libros que aburran, o partes tediosas de un texto. Por esos caminos nadie en el mundo moderno leería a Virgilio, Dante o Cervantes; mucho menos a Shakespeare o Moliere. ¿Hay algo más aburrido que la Ilíada de Homero, con su pasarela de dioses haciendo tonterías?
Quién no tenga disciplina para hacer lecturas aburridas nunca podrá desarrollar una cultura media. Pero «la lectura es una forma de la felicidad», argumentan los que proscriben «la lectura aburrida». «¿Cómo se puede ser feliz así?». Más que ser una forma de felicidad, la lectura es un medio de comunicación. Puede no gustarte el inglés, pero si vives en una ciudad donde tu director es estrictamente angloparlante y el 80% de los que te hablan usan la lengua inglesa, no hay opciones: tienes que estudiar inglés aunque tal cosa te aburra. Lo mismo sucede con los libros. Ellos son lenguajes con que nos hablan las grandes mentes que nos precedieron. Desoír sus lecturas porque aburran es, con mucho, seguir los caminos de un consejo infantil.
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