No volvió de la gloria. Su retorno no conoció los caminos del favor humano. Con mucho quebranto y lágrimas, le vieron desandar la distancia que le alejó del Señor la noche en que le negó diciendo: «No lo conozco» (Lc. 22:57). Juan solo devela una parte. Nadie sabe con exactitud las palabras, ni los sentimientos con que recompuso su vida a solas con Jesús. Solo sabemos una cosa: volvió.
Es la historia de Pedro.
¡Qué grandioso retorno! Toda Jerusalén lo vio, y «...sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos» (Hch. 5: 15).
Todo retorno comienza con una decisión, tomada a veces en contextos que, lejos de ayudar, conspiran para alejar más. La tierra se cubrió de tinieblas la tarde en que crucificaron al Señor. Bajo ellas, y en lo más encapotado de la noche inmensa, Pedro decidió volver.
Todos tenemos que decidir regresos difíciles. Unos, a lo más ardiente de un ministerio olvidado; otros, al amor de un hogar. Desandemos tales lejanías, venzamos tan penosas distancias. Será glorioso volver. El Señor aguarda ese regreso. Y un desventurado espera el paso de tu sombra sobre él.
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