La Iglesia no puede contemplar la guerra con indiferencia, como si el estruendo de los cañones no dañara también las paredes de sus templos. Allí donde los hombres se matan, las madres lloran y los pueblos se desangran, la Iglesia tiene el deber de levantar su voz, no para servir a los intereses de una nación ni para bendecir las armas de ningún bando, sino para proclamar la dignidad de la vida humana, y recordar que ningún triunfo militar puede justificar la pérdida de la compasión. Su púlpito no debe convertirse en una tribuna de propaganda, ni su cruz en un estandarte de combate. La Iglesia pertenece a Cristo, y su lealtad suprema no se negocia ante las presiones de los poderosos ni ante los fervores de las multitudes.
Pero la Iglesia no está llamada únicamente a hablar: está llamada a amar. Mientras otros preparan trincheras, ella debe abrir sus puertas; mientras otros alimentan el odio, ella debe socorrer al herido, consolar al afligido y tender la mano incluso a quien se convirtió en enemigo. Debe orar por la paz sin confundirla con la cobardía, defender la justicia sin rendirse al rencor y recordar que, aun en medio de la barbarie, ningún ser humano deja de ser portador de la dignidad que Dios le dió.
Cuando la guerra oscurece la conciencia de los hombres, la Iglesia debe hacer resplandecer la luz del Evangelio: no la luz de una bandera, sino la de Cristo, quien llamó bienaventurados a los pacificadores (Mt. 5:9).
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