Jesús vio las multitudes y sintió compasión de ellas, porque «estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor» (Mt. 9:36b). Así lo describió Mateo.
La multitud agitada y demandante, despertaría repulsión y quizá ira entre los discípulos. Lejos de eso, Jesús sintió compasión.
¿De quien dependía que tuviera lugar aquel caos? De los que tenían la responsabilidad del ministerio divino. El pueblo estaba disperso y espiritualmente desamparado. No había pastores, y eso no tenía que ver con los romanos, porque Israel estaba llena de sacerdotes, escribas y fariseos. «Desamparadas y dispersas», así estaban las «ovejas».
Han pasado dos mil años. Se llenó de templos cada país de Occidente. Líderes, pastores, maestros... Surgieron cantores y editores. Se reforzó la lista con nuevos titulares: apóstoles y profetas. Universidades, facultades, institutos bíblicos, seminarios, maestrías, doctorados... Y las multitudes siguen tan «desamparadas y dispersas» como las ovejas de aquellos días.
Asusta siquiera pensarlo.
Asusta.
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