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viernes, 14 de agosto de 2026

Esos que trastornan el mundo...

Pablo llegó a Tesalónica y vinieron al Evangelio «muchos griegos piadosos y no pocas mujeres principales» (Hch. 17:4). Los judíos, exasperados, gritaron: «Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá» (Hch. 17: 6). Tenían razón los judíos:  tras su paso, el apóstol había dejado trastornadas Damasco, Jerusalén, Antioquía de Pisidia, Iconio y Listra. En esta última le recogieron una generosa «ofrenda de piedras». De Tesalónica apenas alcanzó a escapar y se fue a Berea, y luego a Atenas, donde trastornó la capital misma del pensamiento griego.

 En la gracia de Dios organicé y prediqué en lo que muchos consideraron la más evangélica de las celebraciones cubanas de 1999. «Trastornó el municipio», así dijeron.  «Ellos» organizaron la campaña de infamación más grande que se proyectara sobre ministro evangélico alguno en la historia de la Organización. Duró un año y se extiende silenciosa hasta nuestros días.

Escribí. Extensamente escribí. Hice sentir al cuerpo ministerial pentecostal orgullo por su historia. Les enseñé lo que podían hacer con ella, porque no sabían. Las publicaciones levantaron al Señor Jesús una ofrenda de lágrimas que no termina. «Ahora no está trastornando el municipio, esta trastornando la isla», dijeron. «No sabemos qué hacer...». Sí supieron: me echaron del país.

Me fui lejos de Tesalónica; me fui a Atenas..., a hacer un trabajo humilde y me molestó la canción que salía de la reproductora de mis compañeros; incitaba a la sensualidad y al adulterio. Me paré frente a ella y le dije, con no poca autoridad: «En el nombre de Jesucristo, el Hijo del Dios viviente: ¡calla y enmudece!». Al instante dije: «al instante»— la reproductora se detuvo. Todo se hizo silencio, porque aquel equipo se rompió. Trastorné el trabajo y su música. El gerente me botó. 

Hace poco, un trabajador manifestó un demonio, y mientras gritaba y se golpeaba la cabeza contra un compactador de hierro duro y frío, me paré en la angostura de la entrada, y dije al demonio: «¡En el nombre de Jesús: te ordeno que te calles y salgas de él!». Como si súbitamente le hubiesen puesto una mordaza, aquel pobre ser enmudeció y perdió parcialmente el conocimiento. Cuando le interpelaron en la oficina no recordaba nada. Entendieron que trastorné el trabajo. Fui llamado a una reunión; managers, abogados, directivos de caras largas... Usted puede no creerlo, pero así me dijeron —y el ángel lo oyó: «¡Le prohibimos volver a usar ese nombre aquí!». No lo acepté. Me sancionaron, me trasladaron de puesto, me bajaron el pago.

«Estos que trastornan el mundo entero...». Qué exactos fueron los judíos a la hora de justipreciar el efecto del Evangelio; qué palabras tan gráficas.

Desconfíe de los «ministerios tranquilos», aquietados en «aguas de prosperidad» y «aceptación general», que ocupan «cargos altos» sin ser molestados y hacen, imperturbables, «grandes construcciones». Desconfíe de la «unción tranquila» y el «aplauso colectivo», porque un cristiano es uno que está llamado a «trastornar el mundo entero».






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