Dios no negocia Su santidad, ni sus caminos están en función de ser aprobados por el juicio humano. Desde Su trono, donde están delicadamente entretejidas santidad y misericordia, llama al mundo, y presenta una salvación en que no hay atajos.
Mas el impío, si se apartare de todos sus pecados que hizo, y guardare todos mis estatutos e hiciere según el derecho y la justicia, de cierto vivirá; no morirá. (…) Mas si el justo se apartare de su justicia y cometiere maldad, e hiciere conforme a todas las abominaciones que el impío hizo, ¿vivirá él? Ninguna de las justicias que hizo le serán tenidas en cuenta; por su rebelión con que prevaricó, y por el pecado que cometió, por ello morirá (Ez. 18: 21, 24).
Venga a Cristo y permanezca inamovible en Él. El juicio está decretado, pero en el corazón del Padre late el amor que transparenta en las palabras con que cierra este temible capítulo: «Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis» (v. 32).
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