Tenía una expresión grave. Llevaba la carga del mundo. Los Evangelios describen en el Señor Jesús momentos de quebranto: en la muerte de Lázaro, a la entrada de Jerusalén, en Getsemaní. Con todo no hay un registro bíblico que más sentidamente exprese las emociones y heridas de su naturaleza humana que el Salmo 69. Es hondamente mesiánico. Su plenitud revelativa es impresionante. ¡Qué delicadamente entretejidos están en él los sentimientos del Señor en torno a la Cruz!
Él se sintió irremediablemente odiado
«Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza los que me aborrecen sin causa; se han hecho poderosos mis enemigos, los que me destruyen sin tener por qué...» (Sal. 69:4).
Él se sintió afrentado
«Porque por amor de ti he sufrido afrenta...» (v. 7).
Él se sintió decepcionado
«Extraño he sido para mis hermanos, y desconocido para los hijos de mi madre» (v. 8).
Él se sintió vituperado
«Y los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí...» (v. 9).
Él se sintió confundido
«Tú sabes mi afrenta, mi confusión y mi oprobio...» (v. 19).
Él se sintió escarnecido
«El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado» (v. 20).
Y lo más triste: Él esperó compasión y consuelo, y no los tuvo
«...Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; Y consoladores, y ninguno hallé. Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre» (vv. 20. 21).
¿Quiere saber lo que fue la Cruz para Jesús? Lea el Salmo 69.
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