Todas las civilizaciones de la tierra se formularon conceptos propios de Dios. Desde las antiguas culturas de Mesopotamia en que los dioses representaban fuerzas naturales y políticas, pasando por el Olimpo griego y el culto estatal romano hasta llegar al animismo indígena y el pleomórfico hinduismo de los brahmanes, la humanidad andando y desandando los más sufridos caminos, erró a la hora de alcanzar un conocimiento perfecto de Dios. El Altísimo sintió compasión de un mundo tan alejado de Él y envió a Su Hijo: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn. 3: 16).
Al venir a la tierra, Jesucristo mostró al mundo el verdadero rostro de Dios. Era uno de sus propósitos centrales. Así lo indica Juan 14 en la interacción que tiene el Señor Jesús con Felipe: «Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras» (Jn. 14: 7-10).
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