La afirmación de Benjamín Netanyahu de que en Israel se está librando una batalla decisiva para salvar la civilización occidental sorprendió por su agudeza y nos llevó a un análisis. Tal definición responde, primero que todo, a una interpretación histórica y geopolítica del conflicto de Oriente Medio; no se trata solamente de interpretar la guerra contra Hamás como una cuestión de seguridad nacional israelí, sino de advertir la dimensión internacional del asunto: la defensa de Israel es, simultáneamente, la defensa de los valores y la seguridad de las democracias occidentales. Netanyahu expresó la idea de manera particularmente explícita el 19 de octubre de 2023, durante su comparecencia junto al primer ministro británico Rishi Sunak, cuando calificó el enfrentamiento como «la batalla de la civilización occidental, la batalla del mundo libre y la batalla por el futuro».¹ Esta declaración permite identificar el núcleo de su razonamiento: Israel no estaría combatiendo únicamente por su supervivencia territorial, sino en una confrontación cuyo resultado tendría consecuencias para todo Occidente.
El primer fundamento de esa tesis es la existencia de lo que Netanyahu llama el eje del terror, encabezado por Irán e integrado, entre otras organizaciones, por Hamás, Hezbolá y los hutíes de Yemen. En su intervención ante aproximadamente ochenta embajadores extranjeros, el 6 de noviembre de 2023, identificó expresamente a Irán como dirigente de ese entramado y sostuvo que sus integrantes pretendían devolver Oriente Medio y el mundo a una época de oscuridad. También advirtió que, si ese eje conseguía imponerse en la región, Europa sería la siguiente y nadie estaría a salvo.² Esta apreciación se relaciona con la política iraní de apoyo a organizaciones armadas que mantienen enfrentamientos con Israel y con la influencia que Teherán ejerce sobre distintos escenarios regionales. Por tanto, el argumento de Netanyahu no se limita a la amenaza inmediata que representa Hamás desde Gaza: él presenta el conflicto como una confrontación con una estructura regional de poder que amenaza también los intereses estratégicos de Estados Unidos y Europa.
El segundo fundamento es de naturaleza histórica. Netanyahu establece una analogía entre la amenaza contemporánea del extremismo islamista y los movimientos totalitarios que Europa y sus aliados tuvieron que enfrentar durante el siglo XX. La comparación con el nazismo ocupa un lugar destacado en su discurso, particularmente cuando califica a Hamás de ser una organización que debe ser combatida con la misma determinación con que el mundo libre enfrentó a los nazis. El 24 de julio de 2024, ante una sesión conjunta del Congreso estadounidense, presentó los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 como una fecha comparable, por su significado histórico, al ataque japonés contra Pearl Harbor y a los atentados del 11 de septiembre de 2001. En ese mismo discurso afirmó que el enfrentamiento no constituía propiamente un choque de civilizaciones, sino una lucha entre barbarie y civilización, entre quienes glorifican la muerte y quienes santifican la vida.³ De este modo, Netanyahu incorpora la memoria de la Segunda Guerra Mundial y la experiencia histórica de las democracias frente al totalitarismo para reclamar una respuesta internacional firme. No significa que Hamás y el nazismo sean fenómenos históricamente idénticos, pero la analogía que hace el ministro israelí es una herramienta poderosa en su argumentación política.
El tercer fundamento es político y estratégico: Israel se presenta como una democracia aliada de Occidente, vinculada a Estados Unidos por intereses de seguridad, cooperación militar y afinidades institucionales. En el discurso ante el Congreso, Netanyahu sostuvo que el eje iraní confrontaba simultáneamente a Israel, Estados Unidos y sus aliados árabes, y defendió la necesidad de mantener una alianza entre Washington y Jerusalén para impedir su expansión.⁴ Esta visión también está relacionada con los Acuerdos de Abraham de 2020, mediante los cuales Israel estableció relaciones diplomáticas con Emiratos Árabes Unidos y Baréin, a los que posteriormente se sumaron otros acercamientos regionales. Netanyahu interpreta esos acuerdos como el comienzo de una transformación de Oriente Medio basada en la cooperación económica, la normalización diplomática y la contención de Irán. Desde esa perspectiva, el ataque de Hamás del 7 de octubre habría pretendido, entre otros objetivos, frustrar el acercamiento entre Israel y los países árabes. La defensa de Israel se convierte así en la defensa de un proyecto regional favorable a los intereses occidentales.
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