Trabajé intensamente hasta entrada la madrugada. Cerca de las 3:30 a.m. caí extenuado en la cama y pronto quedé dormido. En el flujo de este necesario reposo para un día cargado tuve un sueño lúcido como un mar soleado. Me vi de pronto yendo hacia la pequeña isla neoyorquina que cobija a la Estatua de la Libertad. Por alguno de los misterios inextricables de los sueños, desde el pequeño barco que me llevaba no lograba ver la conocida imagen. Finalmente, llegué y puse pie en tierra. Al acercarme y mirar quedé muy sorprendido; en el pedestal de la conocida efigie no estaba la dama que sostiene la antorcha; en su lugar se levantaba en bronce José Martí. Su mano estaba extendida sobre los presentes y el conjunto monumental se movía sobre nosotros como si fuera a caer. Pudimos sentirnos amenazados, pero nadie tuvo miedo. Sin moverme del lugar dije: «No puede caer; todavía tiene mucho que hacer».
Desperté. Apenas amanecía.
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